Y una noche rompí a llorar.
No era un llanto ruidoso como el de una rabieta, sino algo más profundo. Demasiado profundo para una niña pequeña.
Yo no le había oído llegar, pero pegó un respingo cuando empecé a llorar. Tal vez mis padres estaban demasiado agotados como para enterarse, pero él vino rápido hacia la ventana.
Cuando llegó me asustó. Pensaba que nadie sabía mi secreto.
Sin embargo, cuando me preguntó qué pasaba, se lo conté todo. Le dije que me asomaba para poder ver la luna, que cuando empecé a mirar por la ventana, me sorprendí de que cada noche crecía un poco más, hasta que llegó a ser totalmente redonda. Pero a partir de entonces, cada día se hacía más pequeña hasta que hoy ya no quedaba nada de ella. Pensaba que había desaparecido para siempre.
Me abrazó, y me dije que esperara. Que no perdiera nunca jamás la esperanza. Ojalá que nunca se me olvide esta lección.
Durante las siguientes noches él salio furtivamente de la cama a medianoche, y yo también. Nos quedábamos los dos observando el cielo, oteándolo en busca de la luna.
Una de las noches, yo me había adelantado, y cuando llegó, yo le esperaba con una sonrisa en los labios. En el cielo había una línea fina. Era la luna volviendo a aparecer, también sonriente.

1 comentario:
Hola, me gustaría saber por qué has copiado mi cuento, sin ni siquiera hacer una mención. Deberías saber que apropiarse de un texto ajeno es de muy mala educación y hará que en el momento en que quieras crear cosas no se te tome tan enserio.
Un saludo, Barawen, de Me gustas cuando callas.
Publicar un comentario